Xenofilia o Xenofobia 16/10/2016

El valor de mirar hacia adentro

por
Lic. Martín Rubinetti

La xenofilia ha sido eclipsada durante siglos por su antónimo la xenofobia. Es que esta última palabra, mal que nos pese, ha tenido un protagonismo a lo largo de la historia que le ha brindado un peso tan terrible como específico. Pero la xenofilia -amor desmesurado por lo extranjero o los extranjeros- sin ser un término de uso popular, es algo que los argentinos ejercemos con una dosis de cotidianidad deslumbrante.

Nos sentimos más europeos que latinoamericanos, admiramos las autopistas y el poder adquisitivo de los norteamericanos, envidiamos la puntualidad de los ingleses y la prolijidad de los suizos, pero practicamos, como dice el filósofo Julián Marías, el desorden iraquí.

Crecimos mirando al exterior, dándole la espalda a lo nuestro. Descubrimos el Río de la Plata cuando se desarrolló inmobiliariamente Puerto Madero. Desde los medios nos torturan con el floreciente ejemplo brasileño, la planificación de los chilenos y la tranquilidad de los uruguayos. Nos han convencido tanto de esta supuesta insolvencia para solucionar ciertas cosas que en los bares del país repetimos entre risotadas que si los 33 mineros hubieran quedado atrapados en suelo argentino, hoy no estarían abrazando a sus familias.

Nos llenamos la boca hablando de la milagrosa recuperación de la Europa de la posguerra, pero subestimamos cada una de nuestras recuperaciones. Cuando estamos en el exterior nos hacemos los distraídos o ensayamos tonadas inexistentes para no encontrarnos con otros compatriotas, pretendiendo evitar así el irritante suceso de olfatear en otros argentinos nuestros propios modos.

Nos maravillamos con el Haka de los maoríes, pero intentamos ocultar a nuestros aborígenes y sus costumbres. Nos morimos por conocer la torre Eiffel, pero no nos detenemos un segundo a descubrir con atención las obras que el prestigioso arquitecto francés construyó en la Argentina.

Está claro que no tenemos las mujeres más lindas del mundo, que muchas cosas las atamos con alambre y que ni siquiera sabemos a ciencia cierta si inventamos o no la birome. Esta más que claro que somos posiblemente la síntesis perfecta entre el mejor gol de la historia de los mundiales y otro convertido con la mano por la misma persona y en un mismo e inolvidable partido.

Pero nuestras carencias o debilidades no pueden desencadenar este fenómeno inquietante y sorprendente de la autoexclusión y del desprecio hacia nuestra propia identidad. Mucho más importante que intentar ser otros es conocer, valorar y respetar quiénes somos.


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