Opinion 02/09/2017

Nos siguen pegando abajo (los de siempre)

por
Juan Perone

Había terminado el multitudinario acto que pedía por la aparición de Santiago. Una mujer estaba filmando a quienes intentaban derribar la valla que separaba la Plaza de la Casa de Gobierno.  Era periodista. O tal vez, no.  Una simple mujer que trataba de registrar el momento con su celular para subirlo a las redes sociales.  No estaba del lado de los manifestantes. No.  Estaba del lado de la Policía.  En teoría, del lado seguro.  Estaba apuntando el teléfono hacia el frente, de donde suponía iba a provenir la violencia.  Pero el golpe vino de atrás.  Un uniformado tomó carrera y le asestó una patada en la espalda para derribarla.  Sin aviso,  Sin motivo.  Sin vergüenza.  Jinetas más, jinetas menos, unos uniformados parecidos fueron a reprimir una protesta en Chubut.  Hace un mes de eso. Y entre los manifestantes estaba Santiago Maldonado.  Desde entonces no se conoce su paradero.  Compañeros y amigos de Santiago acusan a la Gendarmería de llevarlo. Santiago no aparece.  No  hay registros de su detención.  Solo testimonios. Veo el video de la patada una y otra vez.  Violencia sin motivo.  Abuso sin límites.  Veo el comunicado del Sindicato de Prensa de Buenos Aires.  Colegas detenidos porque cubrían los hechos.  Me acuerdo de Bru y de Arruga.  Me acuerdo de López. De los casos de gatillo fácil.  De las denuncias de torturas en calabozos para sacar un dato o callar otro. De los excesos de la Gendarmería de Berni en la Panamericana. De los excesos que en Tandil también se han cobrado víctimas. De los entongues y del rol secundario pero imprescindible de la cana en los delitos que dice combatir. Y pienso en que estos tipos no tienen jefes.  O, mejor dicho, que sí tienen jefes pero que no son los que aparecen en el organigrama.  Y pienso en por qué los gobiernos de turno los dejan hacer.  Por qué los justifican.  Por qué los cubren.  Por qué no los investigan y los exoneran o los encarcelan.  Por qué no nos sacan de encima toda esta mierda que tiene su historia paralela desde los 60. Ellos son los que siempre están, a veces más, a veces menos.  Más controlados, más desbocados, pero siempre con su Constitución paralela. Quiero que aparezca Santiago Maldonado.  No lo quiero a Santiago como moneda de cambio de un enroque político.  Lo quiero de vuelta en los puestos de artesanías de El Bolsón. De vuelta, en Chubut, reclamando por lo que cree, lucha y arriesga el cuerpo.  Lo quiero ahí, más allá de compartir o no su opinión.  Lo quiero libre tanto como quiero presos a quienes ejercen la violencia y la impunidad del uniforme. Y quiero explicaciones de los funcionarios que los cubren, de los que los han venido cubriendo a cambio de alguna colaboración inconfesa.  Veo otra vez el video de la patada a la periodista y me pregunto de qué son capaces estos tipos en el remoto sur argentino, lejos de las cámaras y los testigos.  Me pregunto de qué son capaces en la soledad de una comisaría y en la sordidez de una celda del Conurbano.  ¿Cómo puede pedir la ministra de Seguridad que creamos de antemano que no tienen nada que ver?  ¿Cómo lo puede hacer una ministra que debe saber mejor que todos nosotros quiénes son esos tipos y sus métodos?  Veo esa patada y las imágenes de Bru, Arruga y Solano se me vienen a la cabeza. Casi 5 mil víctimas de las fuerzas de seguridad desde 1983, entre desapariciones forzadas, gatillo fácil y torturas. La mitad, en la provincia de Buenos Aires; y la mitad con menos de 25 años. El horror de sus últimos segundos con vida.  Sus cuerpos en manos de esa caterva que hereda poder e impunidad desde hace tantas décadas en Argentina.  Y no quiero pensar en lo que pueden hacer estos tipos si reciben el amparo de los funcionarios, el guiño cómplice de su mandamás. No quiero pensar.  Ningún Gobierno se puede quitar el sayo.  Ninguno.  El aparato represivo sigue vigente en Argentina.  Siempre ha prestado servicio.  Sólo que, a veces, encuentra a algunos amigos en el poder y se anima un poco más. 

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