Locales 12/03/2018

Tandil: gemidos y una pregunta incómoda en el hipermercado

Domingo a la tarde. Distraída, Yamila caminaba aferrada a un changuito. De reojo vigilaba a sus hijos, mientras posaba su mirada en heladeras y lavarropas. No le interesaban los precios. Como a cualquier cliente de un hipermercado, hay artefactos que sólo le recrean la vista. Sirven para hacer más atractivo el paseo, nada más. Yamila estaba allí haciendo las compras de la semana. Y de paso, como un chico en una juguetería, miraba.

Mientras avanzaba, procuraba no llevarse puesto a nadie. Tampoco les perdía el rastro a sus nenes de 5 y 8 años. Atención múltiple, se le dice. Eso que las madres parecen llevar incorporado como un chip. Y que les permite sortear cualquier situación.

Yamila caminaba despacio, como para no alterar la armonía del lugar. Blancos los pisos, blancas las paredes, blancos los artefactos. Un paisaje impoluto y cautivante que reducía el entorno a un suave murmullo. Si tuviera que hacer memoria, no recordaría qué música sonaba en ese momento. Porque los hipermercados siempre ponen música para que nadie la escuche.

De pronto, algo rompió el encanto. Yamila empezó a escuchar gritos. No eran sus hijos. Tampoco era nadie que estuviese cerca. Pero los quejidos se escuchaban por todas partes. A su alrededor, todos estaban tan desconcertados como ella. E incómodos. Los gritos seguían. Eran intensos, pero suaves. Eran gritos de placer. De gozo descontrolado. Una mujer. Una mujer acompañada. En un lugar más íntimo que un comercio.

"Mamá, ¿por qué grita?", lanzó el de 8. Yamila no sabía qué responderle. Las miradas de otros adultos que estaban cerca se posaron sobre ella, como preguntándose cómo haría para sortear la pregunta del nene.

"¿Quién es el estúpido que juega con la música?", se oyó de pronto. La voz no salía de los altoparlantes. El que gritaba era un gerente, colorado de furia, que caminaba tenso por los pasillos, como queriendo tapar con su voz el papelón.

Entonces, el sonido se interrumpió. Y el mercado quedó en silencio. "Qué vergüenza", dijo alguien cerca de Yamila, mientras otro se tapaba el rostro como quien teme ver rodar una cabeza en pocos minutos.

Ella apenas sonrió. Esos gemidos no le resultaban extraños: le habían llegado por WhatsApp, en un video viral que muestra la imagen tierna de una mascota. Quien lo abre, no imagina que un segundo después no le van a alcanzar los dedos para parar el audio.

El murmullo comenzó otra vez. Ya sin música ni sonidos de fondo, la gente de a poco retomó su paseo, bruscamente detenido. Yamila quiso hacer lo propio. Pero su hijo la miraba, a la espera de una respuesta.

"Le estaban pegando", dijo. Y avanzó, dejándolo unos pasos atrás. Como para que no hiciera más preguntas.

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